La Pregunta que Evitamos
¿Cómo sabes que conoces a Dios?
No me refiero a cómo crees que lo conoces, o cómo esperas conocerlo. Me refiero a cómo lo sabes de verdad.
Vivimos en una generación obsesionada con la certeza. Checamos nuestro teléfono trescientas veces al día buscando confirmación: confirmación de que nuestros amigos nos valoran, de que nuestras ideas importan, de que existimos en el radar de alguien. Necesitamos verificar constantemente cada aspecto de nuestra vida.
Excepto este.
Cuando se trata de fe, de nuestra relación con Dios, nos conformamos con un tibio «espero que sí». Como si la pregunta más importante de la existencia humana mereciera menos certeza que el estado de nuestras notificaciones.
La Carta que Cambia Todo
Juan, el discípulo que se recostó en el pecho de Jesús, el que vio todo de primera mano, escribió una carta entera para acabar con esa ansiedad espiritual. Y lo fascinante es que su solución no es lo que esperarías.
No te dice: «estudia más teología».
No te dice: «aumenta tus horas de oración».
No te ofrece una fórmula mágica ni una experiencia mística.
Dice algo mucho más radical:
«En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos.»
Y antes de que pienses que esto es un regreso al legalismo religioso, Juan aclara inmediatamente cuál es ese mandamiento central:
«Que nos amemos unos a otros.»
El Amor que No Podemos Falsificar
Pero cuidado. No está hablando del amor que publicamos en redes sociales. No es el amor de los comentarios motivacionales ni de las frases inspiradoras compartidas.
Juan habla de un amor que cuesta. Un amor que se queda cuando la relación se vuelve incómoda. Que comparte lo que tiene cuando nadie está mirando. Que perdona lo que parece imperdonable. Que sirve cuando no hay audiencia.
Y aquí viene el golpe más fuerte de toda la carta:
«El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.»
Léelo otra vez. Despacio.
No dice: «el que no ama no es un buen cristiano».
Dice: «no ha conocido a Dios».
La Diferencia Entre Información y Conocimiento
Puedes tener todas las respuestas teológicas correctas. Puedes ganar debates doctrinales. Puedes citar pasajes de memoria y explicar las diferencias entre el arminianismo y el calvinismo.
Y aun así ser un completo extraño para Dios.
Porque conocer a Dios no es acumular información sobre Él. Es ser transformado por Él. Y la evidencia de esa transformación no está en tu biblioteca teológica ni en tu historial de asistencia a la iglesia.
Está en cómo amas.
La Certeza que Nos Libera
Aquí está la belleza radical de lo que Juan nos ofrece: una certeza verificable.
No tienes que adivinar si conoces a Dios. No tienes que esperar una señal mística del cielo. No tienes que comparar tu experiencia con la de otros creyentes y preguntarte si la tuya es «suficientemente real».
La pregunta es mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más desafiante:
¿He amado hoy como alguien que conoce a Dios?
¿Amé a esa persona difícil en mi vida?
¿Compartí con quien tenía necesidad?
¿Perdoné cuando todo en mí quería venganza?
¿Serví cuando nadie me estaba viendo?
Ahí está tu certeza. No en lo que sientes, sino en cómo amas.
El Cambio de Perspectiva
Resulta que la pregunta nunca fue: «¿Creo lo suficiente?»
La pregunta siempre fue: «¿Amo como alguien que lo conoce?»
Y esa pregunta lo cambia todo.
Porque cuando conoces verdaderamente a alguien, cuando has experimentado su amor, no puedes evitar reflejarlo. No es un esfuerzo, es un desbordamiento. No es una obligación, es una consecuencia natural.
Juan no te está pidiendo que ames para ganarte el conocimiento de Dios. Te está diciendo que si lo conoces realmente, el amor será inevitable.
La Invitación
Así que vuelve a su carta. Léela completa. Despacio.
No como un manual de reglas, sino como la descripción de una vida que ha sido tocada por el Amor mismo.
Y luego pregúntate: ¿reconozco esa vida en la mía?
Ahí está tu respuesta.
Reflexión final: La próxima vez que la ansiedad espiritual te susurre «¿cómo sabes que realmente conoces a Dios?», no busques la respuesta en tus sentimientos o en tus experiencias místicas. Búscala en tu última semana. ¿Hubo amor ahí? ¿Amor que costó algo? Entonces ya tienes tu certeza.
